Cosas.
La escritura semi automática te jode. O vos la jodes a ella, pero no es que sea fácil; solo que marca precedente. Un precedente importante, claro, no hablamos de cualquiera. Lo cual, no obstante, no nos limita a intentar salir adelante con una faena de grandes como puede ser escribir. Aún a gente como yo que, con mi prosa vulgar, intento comunicar algo.
Soy meticuloso con algunas cosas poco importantes. No toco la pantalla del ordenador con los dedos, salvo que sea táctil (risas) cosa, por lo pronto, poco usual. Soy de los que piensan que las superficies pulidas deberían mantenerse así. Lo limpio no está hecho para ensuciarse, al menos técnicamente, porque (siempre que se pueda limpiar) podremos pasar esto por alto. Las superficies lisas, así deberían mantenerse. No me gustan las rayas en el cristal, me atormentan (no tanto quizá, siempre tenemos a nuestro favor la ignorancia voluntaria) pero tampoco tan poco (¿vieron el juego de palabras?) como para poder ignorarlo en lapsos largos. El advenimiento de la tecnología táctil ha sido para mi un desafío interesante. Nuestros dedos, nuestras yemas mejor dicho, tienden a almacenar cierto… no sé, ente generador de suciedad. Grasa natural, sudor de manos (?). Contacto con el entorno… en fin, tienen la posibilidad (miles de posibilidades) de romper el orden diáfano de cualquier pantalla. No es para tanto, claro, hay cosas que pierden valor cuando otra de igual o similar rango las sustituye, cosa que por dicha pasa de forma relativamente constante con los móviles. Pero impacienta. No hablo del ahora, pero impacientan. Luego de ver Monk no puede uno pensarse un real TOC, no es eso lo que podría decirse que uno mantiene, pero si mantiene el gusto por lo limpio. Un estuche, jamás, sería igual. Como esa gente que, con todo respeto, atavían su nuevo y resplandeciente móvil en un estuche de cuero, que con el paso del tiempo no hará más que mantener particularmente intacto el polvo dentro de este. Já. Es complicado, pero no imposible, poder vivir con eso. No logro comprender a la gente que mientras come pollo frito (?) saca y responde el SMS de hace unos minutos. ¿Será acaso SMS de urgencia? Cómo saberlo. Los audífonos cumplen igual rol, hay que mantenerlo cuidados, no al borde del colapso por falta de cuido. Y, también puedo decir, acontece con el hogar. Términos generales, claro, pero ya vamos pasando de lo más específico a lo más general. Que no es lo deseado.
Un día, sin embargo como tantos otros, llegamos a darnos cuenta de una realidad perturbadora: cualquier producto, nuevo o viejo, específico o general, tiene un ciclo de vida delimitado para nuestra escala de valor. Sí, ya sé que no es nada nuevo, pero nunca he leído a nadie hablarlo con franqueza. Intente recordar, por ejemplo, el regalo navideño que se hizo a sí mismo (con esfuerzo, quizá) hace uno o dos años. Yo no lo recordé con sencillez, pero lo hice. Un bien material y un bien consumible temporalmente. Da más el qué. Pero ambos cumplen algo: no representan actualmente grado alguno de interés para mi. Por el simple hecho de haber sido desplazados por otro tipo de cosas que me ocupan. Cosas, no solo materiales, pero cosas que me mantienen ocupado. O al menos con la apariencia de estarlo, para no enloquecer de falta de actividad (que igual, no creo sea el caso). No hablo del ciclo de vida de un producto, o la historia de las cosas, sino del ciclo de vida de un producto para nuestra percepción específica de las cosas. La escalda la valor que le añadimos a lo que no rodea, sin importar lo que sea. Hace dos días recordé algo típico, el primer día de ingreso a clases de cualquier año de escuela. El evento, como tal, representa poco menos que importancia nula para este servidor, pero eso no fue lo que me hizo pensar. Pensé, en cambio, en lo que durante aquellos días (anteriores al ingreso) me mantenía expectante: cosas pequeñas, cuadernos forrados con adhesivo, grupos de lápices meticulosamente elegidos y cuidados, dispuestos. Ropa nueva quizá. Algo dónde contener todo esto. Y otras minucias. Daba igual. Lo que me interesa no es lo que pasa antes o durante, sino al fin de todo esto. A lo largo de los 9-10 meses cada uno de los bienes que tuvimos en especial cuidado va perdiendo valor para nosotros y para los demás, por el simple hecho de ser usados. Al final, casi quisiéramos deshacernos de ellos, para sustituirlos por nuevos. Es lo normal, claro, no estoy yo como para hacer ahora mismo una crítica a la sociedad consumista, la gente requiere y el mercado otorga, pero a un precio.
Preocuparse por las cosas está bien. Es más, está genial. Preocuparse de más por las cosas que se tienen, eso es de lo que dudo. No digo llegar a límites de descuido, pero sí a límites de uso razonable y de importancia. Hay cosas tontas, como les digo, respecto a esto. Una vez compré un monitor. Mi primer LCD, en aquel entonces, caro. Ahora no. A los tres días de usarlo, un pixel murió. Era uno, de más de 800.000. Para el tipo de gente como yo, por desdicha, que intenta mantener el control de cosas sosas, fue garrafal. Lo bauticé. Intentaba ver películas, pero fracasaba. Veía al pixel. Timmy, irónicamente, lo bauticé. Ahora, en retrospectiva, sé que cualquier otro Timmy que llegue no me podría molestar, y hablo con doble sentido. Al final de cuentas, regalé dicho monitor, no lo uso desde hace años. Se necesitaban por lo menos 10 pixeles muertos para hacer valer la garantía. ¿10? les dije, ya con diez me lo estaría guardando en una caja. Estoy seguro que nunca murió un pixel adicional. Y que, la persona que lo usa, si acaso sabe de la existencia de Timmy. Cosas que, dentro de la escala de valoración personal de las cosas (valga la redundancia), lo hacen a uno preguntarse sobre el sentido real de la importancia añadida a los bienes.
Es lindo comprar. Lo he visto en cualquier tipo de persona. Desde los más pudientes hasta los más pobres. Sin lugar a duda. Esa sonrisa, esa satisfacción de hacerse del bien añorado, y es la misma si se obtiene el objeto deseado, sin importar edad o situación. Lo que puede durar menos es, justamente, el periodo de disfrute de las cosas. En los niños más, pues tienen más tiempo, que los adultos. Siempre atribulados, claro, por la compra o no de nuevas cosas. Necesarias o no. Estoy seguro que las empresa del mundo lo saben, ellas no venden cosas, venden experiencias personales en mayor o menor grado. La decisión de compra toma a lo sumo unos cuantos segundos. En adelante, si somos racionales, intentaremos justificar nuestra decisión por equis o ye motivo, antes o después. Y es bien esto, esos momentos, son los que la gente compra. Separa, y quizá recuerde en unos años hacía adelante.
Pero lo importante, amigos, no está ni cerca de esto. Lo importante, no se compra ni se vende, ni se tiene ni se pierde. Lo importante se siente. No soy idealista ni de lejos, algún día les hablaré de mi teoría del punto de quiebre, pero esto para mi es una verdad inapelable. La mente por sobre todo. En el sentido usual. Las cosas, solo arriba de estas cuantas letras. El sentimiento, encima de todo. Feliz navidad, estimable humanidad.
RQR